Fuego (y)

Pero, ¡por Dios, ese era mi trabajo!

¿Acaso disfruté yo escribiendo satíricas obras para aristócratas enjuiciosos, tórridos poemas para amantes impacientes, y cartas de habida cuenta (…) para usureros abusivos?

Pues… ¡sí! Y lo volvería a hacer, no me arrepiento de nada, pues de todos me reí, y en todos vengué ofensas o remendé sentimiento mal paridos. En cada frase, escondida, metí mi pluma e inflingí llaga perdurable en palabras abocadas a no ser entendidas, por mentes que no quieren percibir lo que no esperan. Todo eso hice, y no me arrepiento.

Y admito que soy pecador, pero también mi propio dios. Y si otros hay, ahí arriba, observantes, yo les digo:

¡Sí, dioses, dejadnos en paz! Dejadnos descansar, que si tanto podéis, y de tanto sois capaces, dejadnos en paz, vivir nuestra vida, que vosotros la vuestra nos debéis.

¿Y entonces, tú, a quién le debes… tu arte?

Lo asumo (por que ya es admitido), al tiempo, a la mala suerte, y al alcohol. Pues borracho me he, y soy, en palabras mal escritas de botellas demasiado baratas.

«Y nadie dijo que el artista tuviese que estar a la altura de su arte».

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